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Mejores y peores del 2011 en cines | El blog de Villalobos Jara →
Violeta es una evocación a través del arte. El Mocito es una epifanía a través del registro. Ambas películas son un triunfo y un recordatorio de lo saludable que puede ser la ambición –artística, conceptual, expresiva- en el contexto de un cine chileno que suele disfrazar su mediocridad de modestia.